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Alimentación mayores

Una buena alimentación en los mayores es fundamental para su bienestar y su salud

Hablamos siempre de lo importante que es que es que todo el mundo lleve una alimentación saludable, acompañada de ejercicios y buenos hábitos de vida, pero hay ciertas personas que necesitan prestar especial atención a esto.

 

A medida que vamos cumpliendo años nuestras necesidades nutricionales van cambiado. Es por eso que, a cierta edad, es importante tener en cuenta la importancia de la individualización de la dieta en función de las necesidades de cada persona, del mismo modo que se individualizan los tratamientos farmacológicos. Y, por supuesto, llevar a cabo un mínimo seguimiento del estado nutricional.

 

¿Por qué las personas mayores tienen unos requerimientos nutricionales especiales? Por muchos motivos, y no solo por la edad. Hay numerosas condiciones que impiden que la alimentación en ancianos sea igual que cuando somos más jóvenes. La falta total o parcial de dentadura, la dificultad al tragar u otras dificultades para alimentarse por sí mismo, los problemas de movilidad o la falta de actividad física son solo algunas. Además, de forma natural, en los mayores se producen una serie de cambios hormonales, metabólicos y de composición corporal que derivan en que el anciano tenga menos apetito, se sacie con cantidades pequeñas de alimento y que sus digestiones sean más lentas, por lo que pasa más tiempo para que vuelvan a tener hambre.

 

Precisamente, la polimedicación no es un factor menor que afecte al estado nutritivo del anciano, todo lo contrario, ya que puede acabar teniendo su repercusión sobre el olfato, el gusto, el apetito o la acidez de estómago, lo que puede conducir a esta persona a comer peor y menos.

 

La composición corporal en un anciano varía, pierden masa muscular y ganan grasa. El hecho de perder músculo disminuye su metabolismo y, por consiguiente, las calorías diarias que deben tomar son menores; aun así, tienden a tomar menos energía de la que deberían. Sin embargo, aunque pese poco y no se mueva demasiado, un anciano necesita una ingesta mayor de proteínas para mantener el músculo y no acabar padeciendo una malnutrición. Se ha demostrado científicamente que aportes mayores de proteínas ayudan a que esto no ocurra. Por lo cual, hay que controlar que se aporten suficientes alimentos proteicos como carne, pescado, lácteos y legumbres. La práctica de un ejercicio adecuado a sus características puede ser de gran ayuda para mantener su musculatura y, de paso, favorecer la resistencia de sus huesos.

 

En un anciano, las deficiencias de minerales y vitaminas más frecuentes son: la vitamina C, que tiende a disminuir; el zinc; el calcio, que presenta necesidades aumentadas y se da especial relevancia a la proporción calcio/fósforo; la vitamina D, especialmente en ancianos institucionalizados o encamados o que, simplemente, salen poco de casa, por lo que su exposición al sol disminuye; y la vitamina B12, que disminuye su absorción en el estómago, lo que conlleva la necesidad, en ocasiones, de recurrir a suplementos.

 

Por todo ello, es fundamental que consuman de 2 a 3 raciones de lácteos diarias para obtener calcio y vitamina D, además de pescado azul, al menos, 2 veces por semana, 5 raciones al día de frutas y verduras para conseguir un buen nivel del antioxidante `vitamina C´, especialmente residente en: cítricos, patata, pimientos, coles de Bruselas… El zinc en su caso lo encontramos en carne de ave, almendras, avellanas, algunos quesos…

 

Como consejos generales un anciano debería controlar que toma el aporte de energía suficiente, ya que un déficit calórico le hará mayor perjuicio que excederse en energía. Además debe mantener, en lo posible, las cinco comidas al día, aunque sea en cantidades más pequeñas, para evitar digestiones pesadas o saciedad precoz. Lo ideal es que empiecen con un desayuno comparativamente más fuerte y terminen con una cena más ligera.

 

Las recomendaciones de alimentación sin lugar a dudas sería seguir las pautas de la dieta mediterránea adaptada a su edad y características fisiológicas haciendo especial hincapié en la hidratación y al aporte de fibra.

 

Un punto muy importante que merece recalcarse es: no debemos achacar los síntomas del anciano a la edad o a su patología. No es lo mismo lo derivado del proceso de envejecimiento natural que los síntomas que se dan por deficiencias nutricionales o por deshidratación. Una situación de deficiencia en minerales y vitaminas o un estado de deshidratación, aunque sea leve, pueden provocar confusión mental, delirios, malestar general, fatiga e incluso asociarse a mayor riesgo de pérdida de memoria, deterioro cognitivo, demencias…

 

Se suele hablar de la necesidad de una correcta hidratación en el caso de los deportistas o de los niños, olvidándose que los mayores también necesitan una adecuada hidratación. Sobre todo porque las posibles alteraciones neurológicas (Parkinson, Alzehimer, demencia…) y diferentes patologías (vómitos, diarreas, diuréticos, tener fiebre…) pueden hacer que el mayor se deshidrate sin ser consciente de ellos y sin que lo sean sus cuidadores. Es decir: con cierta frecuencia el anciano tiene escasa sensación de sed, por lo que no pedirá de beber. En consecuencia, hay que ofrecer continuamente agua y, si tiene dificultades para tragar, utilizar alimentos ricos en agua ya adaptados. Por cierto, muchos de ellos encuentran una considerable ayuda si beben agua suficiente o si, a la hora de comer, les ofrecemos por ejemplo cerveza sin alcohol, una bebida ‘adulta’ que les hidratará sin aportarles sodio.