Top

Se acabó el verano y ya falta menos para el siguiente.

El trimestre de las indulgencias ya pasó. Que total por un poco de esto o de aquello, ¿Qué más da? Así todo un trimestre (aunque algunos lo alargan con la excusa de que en su tierra el calorcito empieza como quien dice en mayo y se acaba en octubre) de perdonarse grandes excesos. Y también los medianos y los pequeños a condición de que sean numerosos. Así, han ido cayendo un número indeterminado de barbacoas, de noches pasadas en las terrazas, de montañas con esos heladitos de chocolate y dulce de leche. Pero no todo ha sido pasarse que, para ser honrados y contarlo todo, también ha habido muchos de los de no llegar. Partidas de pádel aplazadas sine die por la tremenda calor, la pereza que daba encerrarse en el gimnasio a sudar con el cielo tan azul que hacía precisamente esa y muchas otras tardes, la natación relegada a un vulgar chapuzón con los amigos o los niños.

 

En fin, para qué seguir. El caso es que la temporada reina de las ensaladas y los gazpachos, con la fruta tan variada de postre, se ha largado dejándonos un recuerdo duradero y palpable de varios kilos de más. Eso no importa, nos decimos. Enseguida lo arreglamos con un poco de dedicación y (buena) voluntad. De hecho es tan sencillo que llevamos diciéndonos lo mismo como seis o siete años. Así que toca mirarse en el espejo. No en el del baño, que la cara bronceada siempre da aspecto de sanote. Para ser rigurosos, mejor en uno de cuerpo entero… y allí comprobar si merece la pena esperar al verano que viene o es mejor empezar la temporada escolar con ganas renovadas. Ganas de las de verse mejor, de regular el sobrepeso, de cuidar nuestras arterias y el resto de la fontanería.

 

Para ayudar con esta sabia decisión, nada mejor que el dicho espejo y, mientras nos contemplamos, ir declamando puntos básicos: lo bueno de septiembre, y de los meses que vienen detrás, es que  tenemos obligaciones y por lo tanto horarios, compromisos y normas. Así que es mucho más fácil adaptarse a estilos de vida saludables que en los meses de la pereza y la molicie, esos donde no pasa nada si todo se deja para mañana. O para pasado. Por lo tanto, benditos horarios y reglas: volvamos a desayunar sano dejando de lado el bufé grasiento del hotel. Comamos verdura a diario y guisemos como seres civilizados (españoles) en vez de vivir de la fritanga, la pizza y otras crueldades. Pronto, además, podremos volver a la cuchara para el potaje y el cocido, las fabes y los garbanzos.

 

Por si fuera poco, ya podemos empezar a caminar, a correr, a jugar con raqueta o sin ella sin temor a deshidratarnos o a dejar la piel cual culebras en la pista o el asfalto. Poco a poco, toca ponerse en forma. Despacio, gradualmente. Hasta que en poco tiempo cumplamos el mandamiento que nos lleve a la salud y, por qué no, a la belleza. Vivir con orden, con buenos alimentos de la dieta mediterránea, moviéndonos. Y por si acaso no nos acaba de convencer lo de la vuelta al trabajo, siempre nos quedará el placer de juntarnos con los amigos, de disfrutar de un aperitivo (ligerito) o de simplemente descansar saboreando una cerveza. Amarga un poco, claro. Y esa espumita… que burbujea para ayudarnos a limpiar las papilas gustativas y así disfrutar más de los alimentos. Aunque recuerda que el disfrute para que dure debe de ser siempre consciente, lento, moderado. Y sin riesgo. ¡Ánimo con la nueva temporada que ya falta menos para el siguiente verano!

 

Fdo: Jesús Román