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La nevera llena

Si existiera la máquina del tiempo, lo primero que pasaría es que no habría que hacer series de televisión sobre hipotéticos viajeros llegando a la antigua Mesopotamía o acompañando a Colón en sus incómodos viajes. Lo primero, porque una vez probada una vez la dichosa máquina, nadie querría volver a repetir. ¿Se imaginan el viajecito en esa carabela? Nada que ver con un moderno Airbus. Los marineros hacinados (y sin lavar), los gorgojos enseñoreándose del pan y de la harina, las ratas echando carreras por la bodega para matar el aburrimiento. Lo segundo es que, cabe suponer, a los antiguos también les estaría permitido viajar a nuestro mundo. Y eso sí que no. Lo que nos faltaba. Según está el tráfico, tener que aguantar una carrera de cuadrigas por medio de la Castellana. O el pésimo carácter de Atila o de Nerón.

 

Eso sí, pensándolo bien… esos viajeros un poco costrosos que nos caerían, ¿Qué es lo que más admirarían de nuestras casas? Vale, sí. La televisión, internet, el portero automático. Pero yo estoy convencido de que esa gente del pasado tenía la cabeza en su sitio. Lo superfluo, lo pasajero, lo inútil seguro que les entretendría un rato, no mucho. Enseguida surgiría lo básico, lo prioritario, esa pregunta del millón. Oiga vuesa merced, pero y aquí, ¿qué se come? Entonces, maravilla de maravillas, alguien de la casa abriría una puerta y una brisa frescachona nos daría en la cara. Y detrás de esa puerta… mmmm… iluminado como en el cine, un abanico de posibles delicias. Verduras, lácteos, carnes, pescados, frutas. Y cosas de beber. Nevera, se llama. O refrigerador, le diríamos al atónito azteca, romano o bárbaro. Y el tipo, con los ojos como platos, se pasaría horas abriendo y cerrando la nevera o refrigerador  y pellizcando un poco de esto, un poco de aquello.

 

Ese invento, tan poco valorado a menudo, nos permite tener al alcance de la mano en pocos centímetros cuadrados, casi todo lo que podamos desear para lo más primitivo y básico. Comer y beber. Ese sí es un gran portento y avance en nuestra civilización que no admite ninguna comparación con otros inventos. La teletienda, las redes sociales, las pulseritas de actividad física.

 

No, nada que ver con la fresquera de antaño. Ni con la tradicional despensa de la que pendían embutidos y jamones, a menudo rancios. Además, pensando en la salud, tiene el refrigerador, y aún el congelador, una gran ventaja adicional: nos facilita realizar una dieta variada, suficiente y equilibrada todo el año. Claro, que para eso hay que comprar bien. Y conservar adecuadamente lo que compremos.

 

Ahora, que comienza el verano, no está de más señalar lo esencial que debemos comprar y, por lo tanto, almacenar en nuestro aparato de frío doméstico: frutas y verduras (ya sabéis: 800 g por persona y día… así que echad cuenta de los que seáis en casa), imprescindibles en épocas de calor dado su contenido en agua, vitaminas y antioxidantes. E imprescindibles para montar postres como dios manda, sopas frías, ensaladas fresquitas. Claro, también carnes magras y pescados. Queso, yogures sin azucarar y sin colorantes ni saborizantes, tal cual.

 

Para que no digan que no predico con el ejemplo, yo mismo compro y relleno mi refrigerador con variedad de todos estos alimentos. También un secreto: todos los días coloco una cervecita dentro para que esté bien fría. Me gusta, tiene antioxidantes, me quita la sed. Y además… ¿hay algo mejor para tomar sentado al borde la piscina con mis berberechos o mejillones? Yo no lo he encontrado. Por cierto: el egipcio viajero del tiempo me diría seguramente que ¡eso sí que es beber cerveza! Y no ese líquido caliente y dulzón que tomaban ellos. Me temo que como esto siga así, no habrá manera de convencerle de que regrese a terminar su pirámide.

 

Jesús Román