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cerveza

En mi día y en mi mesa no falta una cerveza.

Muy cerca de Madrid, a las orillas del embalse de Pinilla hay un lugar excepcional que sin embargo permanece oculto para la gran mayoría de la gente. Se trata de uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del mundo que revela la presencia aquí del hombre de Neandertal. Un grupo de individuos que sobrevivió durante miles de años a condiciones terribles de vida y en competencia con otros depredadores muy agresivos como era el caso de las hienas. La sorpresa que este yacimiento y otros repartidos por el continente nos está dando es que aquellos primitivos madrileños y europeos tenían una vida social activa, hacían ofrendas a sus muertos, usaban plantas medicinales para mitigar sus dolencias… es decir: no eran tan primitivos como nos imaginábamos. Vivían, sí, pero pretendía hacerlo felices y disfrutando a su manera. Poco hemos cambiado en esto.

 

En la misma península, unos miles de años más tarde y cuando ya el pobre neandertal (incapaz de adaptarse a los cambios en su entorno) se había extinguido, otros pobladores nos fueron dejando testimonios de su existencia que, en el fondo, son coincidentes con lo que ocurrió a las orillas del río Lozoya, en ese embalse de Pinilla. Gentes que peleaban por subsistir en un día a día muy difícil, que honraban a sus antepasados o familiares fallecidos, que expresaban sus sentimientos o sus deseos en un arte incipiente pero no por ello menos impresionante.

 

No deja de llamar la atención un hecho común a muchos de estos pobladores ibéricos “más modernos”: en alguna fecha indeterminada, todos ellos deciden utilizar un alimento básico de su dieta (el trigo) para elaborar una bebida. Pudo ser un accidente al olvidarse un recipiente con granos o con pan o ser algo voluntario. No lo sabemos. Pero el caso es que alrededor de 1.200 años antes de Cristo, una tribu decidió en Genó (actual Lérida) elaborar y consumir cerveza. Un pequeño lujo en épocas tan duras, no cabe duda.

 

Durante bastante tiempo pensamos que, como tantas otras cosas, desde el alfabeto al olivo, la cerveza había llegado a estas tierras desde oriente. Hoy sabemos que no, que ese descubrimiento que señala el inicio de una de las primeras herramientas tecnológicas de la humanidad, se dio en paralelo y aisladamente en diferentes partes del mundo. ¿Cómo lo podemos saber? Porque años después de aquel descubrimiento de Lérida, otro equipo de arqueólogos localizó en la provincia de Soria, cerca de Ambrona, un vaso campaniforme con restos también de una primitiva cerveza. Eso sí: mil años más antigüa. Aún así, todo este alud de cifras se quedó pequeño cuando otro grupo de investigadores localizó en Barcelona una “auténtica fábrica” (en palabras de su descubridor) de cerveza. ¡Parece que a aquella gente decididamente le gustaba esa bebida!

 

Hoy, cuando aprieta el calor y los días de piscina, libro, una cerveza y unos berberechos o boquerones en vinagre resultan tan imprescindibles como el turrón en navidad, no puedo dejar de pensar en la discreta magia de una bebida que lleva miles de años, casi sin hacer ruido, tan poco conocida, entre nosotros. Ese pequeño milagro de la primitiva tecnología que, en el fondo, sigue siendo prácticamente el mismo: un cereal, agua, una planta (el lúpulo en la actualidad) y dejar que la alquimia de la fermentación y la levadura actúen. Eso sí: agradeciendo que hoy pueda tomarla fría, y no caliente como nuestros antepasados, que sea ligeramente amarga (y no un poco dulce como debió de ser) y por supuesto que siempre pueda acompañarla de una buena tapa sin necesidad de disputarle nada a una hiena. Y de ese libro, que afortunadamente ya no vivimos en cuevas. Salud.