Top
comer sin prisas slow food

A mí con prisas no, por favor.

Parece ser que un señor italiano puso de moda hace tiempo algo llamada slow food. En formato resumen, para que el que no sepa de qué va la cosa, les diré que se trata de que no le metan prisa a uno a la hora de comer. O eso es lo que yo entendí.

 

Cierto es que no soy muy bueno haciendo resúmenes y que nunca me contratarán para escribir ni solapas de libros ni necrológicas. Dicho esto, la cosa del slow conlleva, según investigué, el cultivo de otras virtudes que no me parecieron en absoluto desdeñables: trasegar productos de la tierra tal vez sea la más importante (eso que ahora llaman en alguna consejería ‘alimentos de proximidad’) junto con la predilección por la comida o la cena de la abuela, por poner un ejemplo, antes que por un san Jacobo congelado.

 

Y es que las tonterías a menudo llevan nombre en inglés. Porque a ver… ¿alguien en su sano juicio podría preferir un cartón rebozado y chorreando grasilla, que parece que le han echado por encima el aceite viejo de mi coche, a la fabadita o el cocido de la tía Fermina?

 

Desde que se puso de moda el nombrecito siempre pensé que, siendo italiano el susodicho, le podía haber puesto otro nombre… no sé, algo así como mangiare piano (que es mucho más musical, donde va a parar) o incluso tardius manducare en latín, que queda como más elitista y fino. Porque lo cierto es que hablar de sentarse a la mesa para comer, preferiblemente con buena compañía, hacérsele a uno la boca agua solo de pensar en tanta delicia con denominación de origen, desde el arroz de Calasparra al jamón de Guijuelo, cocinar a la antigua con su buen chorrito de aceite de oliva virgen y al chup, chup, despacito, no debiera parecernos por nuestros lares demasiada novedad… ¡si eso es lo que se ha hecho toda la vida! Al menos, quien tenía posibles y apetito para ello.

 

A mi es que las palabrejas en inglés para algo de comer me suenan fatal. Qué quieren que les diga… si uno escucha referirse en francés a cualquier cosa comestible, seguro que piensa que es delicioso aunque sea un maldito embutido seboso elaborado a partir de bazo. O un mísero bocata o emparedado. ¡Si hasta omelette suena sensual! Pero es que en inglés no hay dicho ni vocablo, que yo sepa o que me suene, para designar nada apetitoso o ni siquiera comestible. Es escuchar tal o cual aperitivo o plato principal anglosajón y no hay manera… rebota en el interior de mi cerebro y lo transporta al estómago, que para estas cosas parecen tertulianos de la tele, y ambos le otorgan igual puntuación: 0 points. Yo creo que es que aún les anda repitiendo el último (y único) fish and chips que probaron.

 

Serán prejuicios, lo sé. Pero a nada que pueda le voy a decir al italiano que eso que él llama slow food es la famosa dieta mediterránea de toda la vida. Y que a eso nos apuntamos. Cuanta más comida casera, elaborada con mimo y metabolizada en paz y amor… mejor nos sentiremos. Ni que decir tiene que es imprescindible apagar la tele para dicha ceremonia y dejar los móviles y las tabletas bajo llave.

 

Y mientras llega la gente mayor y la menuda a comer, a mi me gusta cocinar el pisto y las migas tomándome una cervecita. En verano, esencial acompañarla de unos mejillones en escabeche entre salto a la piscina y carrera a la cocina, que se me quema lo que está en el fuego. Recuerden: las bebidas fermentadas ya señaló hace un tiempo la UNESCO que formaban parte de la dieta mediterránea. Lógicamente si le gustan al comensal. Y no tiene algún inconveniente médico, sea de enfermedad o gravidez. No añadiré detalles adicionales, porque ya lo he dicho antes mil veces, pero no sobrepasar la cantidad razonable y sensata de estas bebidas es esencial. Así que ya saben: ¡a comer despacito y masticando bien!

 

Jesús Román